Cuatro noches y cincuenta lunes

Uno de los proyectos que he emprendido y que más satisfacciones me dio, fue la Tertulia Lunes de Literatura en Casa de Teatro con Alejandro. Llevaba apenas meses en República Dominicana cuando el entrañable  Freddy Ginebra me propuso que organizara cuatro sesiones de un evento literario, para integrar el programa de aniversario de Casa de Teatro de ese 2012. Entusiasmado por el ofrecimiento, comencé esos encuentros con formato de tertulia, dos botellas de Brugal para compartir con quienes asistieran cada noche y toda la libertad para discutir sobre temas de literatura y pensamiento. La receptividad fue enorme, el ambiente sensacional y la voz se corrió por la ciudad. Las cuatro noches se convirtieron en cerca de cincuenta lunes en los que se habló de literatura en todos sus géneros, pero también de cine, teatro, danza, religión, medio ambiente, sexualidad... Se invitó a decenas de artistas e intelectuales dominicanos e internacionales; se disfrutó y se creció en visión, cultura, información. Camilo Venegas fue uno de los que estuvieron desde el inicio, y como se verá en la nota que publicó en su formidable blog, El Fogonero (https://elfogonerovenegas.blogspot.com/), uno de los más devotos beneficiarios de aquellas noches inolvidables. Así lo expresó, cuando quiso marcar el primer aniversario de aquel inolvidable proyecto:


10 jun 2012

La Tertulia de Alejandro Aguilar

 
Ha tenido más de un nombre y los que acuden a ella suelen llamarla de muchas otras maneras, pero al final no es más que la Tertulia de Alejandro Aguilar en Casa de Teatro. Comenzó el 7 de junio de 2011. Unos meses después que Alejandro y Marianela Boán aterrizaran en República Dominicana procedentes de Filadelfia.
Recuerdo la noche que me contaron sus planes. La compañía norteamericana de Marianela se presentaba en Santo Domingo. Mientras los bailarines ensayaban, Alejandro y yo nos pusimos al día con la ayuda de un Brugal Extra Viejo. “Necesito volver al Caribe”, me dijo con un raro tono de desesperación.
En ese momento yo padecía de soledad crónica y mi tono no fue menos desesperado. Una semana después fui al aeropuerto a buscar a Alejandro. Solo traía consigo un tubo con obras de artistas amigos, los libros indispensables, su música y un reloj que se mantenía en pie como un danzador, a través de un raro ejercicio de equilibrio.
El día que por fin pude ir a la Tertulia, cayó el aguacero más grande que recuerdo en Santo Domingo. Cuando entré, justo frente a la puerta, estaba Diana Sarlabous. Horas después se desató una extraña complicidad entre nosotros, días después nos hicimos novios y meses después nos casamos. Hasta eso le debo a Alejandro.
El día que me planteó la posibilidad de venir a vivir a Santo Domingo, yo le dije que lo único que me faltaba en esta ciudad era alguien de mi generación con quien poder hablar de literatura. Tanto cumplió su palabra, que se convirtió en el editor de ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes? No contento con eso, me regaló también un hermano mayor (¡y del mismo padre: Freddy Ginebra!).
Mañana todos irán a Casa de Teatro con el pretexto de celebrar el primer año de la Tertulia. Aunque yo también voy a brindar por eso (allí conocí, por ejemplo, al colectivo El Arañazo, uno puñado de poetas con los que he aprendido mucho), mis razones son mucho mayores. El tamaño del regalo que me hicieron Alejandro y Marianela al abandonar Filadelfia y refugiarse en Santo Domingo, nunca podré medirlo con exactitud.
La Tertulia de Alejandro Aguilar le ha cambiado la manera de entender y hacer la literatura a muchos. A mí me cambió la vida.

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