"Paisaje de arcilla", de ALEJANDRO AGUILAR

De un antiguo blog ya en desuso, Fogonero Emergente, del escritor Jorge Alberto Aguiar; rescato la página en la que publicó íntegramente ¨Paisaje de arcilla¨, mi ópera prima y primer encontronazo con la censura en Cuba. Premiado por Pinos Nuevos, impreso y presentado en la FIL de La Habana; fue censurado de inmediato, recogido y confinado en un almacén castrense, desde el que, supongo, fue a dar a las llamas. Aquí tengo la satisfacción de sacarlo a la luz una vez más. Ya en el 2008, y gracias a Antonio Briones, amigo chileno y director de Ventana Abierta Editores, de Chile; vio la luz en una hermosa edición bilingüe (ya agotada) con la magnífica traducción al inglés del gran Andrew Hurley.
Aquí entrego la versión original en español a quien lo quiera leer.
Los van concentrando en el terreno deportivo. El olor a hierba macerada, mezclado con el de la gabardina verde oliva de estreno, los mantiene de pie más allá de sus límites de resistencia. Al fin caen, de a uno o en grupo, fulminados por los efectos de las vacunas en la espalda, la debilidad por el largo trámite de llegada y el castigo del sol. Demasiada presión para los once años que promedian los treinta del pelotón, los ciento veinte de la compañía, los quinientos del batallón; los novatos del año 1969.
LA ESCUELA
La pista de un antiguo aeropuerto militar es ahora una franja de un kilómetro de gravilla calcinada que separa los gigantescos dormitorios del comedor. A otros quinientos metros en transversal están las aulas. En la periferia, el terreno deportivo y el polígono de ejercicios militares. Más allá y a la redonda, el vasto bosque de casuarinas y pinos, la línea de alta tensión con su eterno zumbido amenazador y las cercas que separan el orgullo de estar en la escuela, de ser un cualquiera de la calle, un hippie vagabundo, un mariconcito con el pantalón apreta'o y el pelo largo.
ELEMENTO 621
No puede sacarse de encima la tristeza, ni de las uñas el betún de los días de infancia. Su desahogo es pelear. Siempre hay un motivo a mano. Y cuando no lo hay, invita a algún amigo para darse unos golpes como si de verdad pelearan. Si encuentra a otro necesitado de soltar vapor se van detrás de los baños. Allí, donde nadie pueda intervenir, se sumen en el ritual hasta caer extenuados. Luego regresan a las aulas sonrientes y abrazados a pesar de los moretones, como buenos amigos que son.
OFICIALES
El director, un capitán de aspecto bonachón y cara de persona inteligente. Fachada perfecta para su cerebro rígido. El jefe de batallón, un héroe de la guerra de liberación y de muchos otros combates, que sólo llegó a teniente por faltarle todos los grados culturales posibles. Nada lo salva del mote de "carabela coja" al arrastrar desde su delgadez extrema una pierna inutilizada por una bala. El político del batallón, la caricatura perfecta del marrano, incapaz de decir su propio nombre sin equivocarse, de tratar a un subordinado con respeto ni a un superior con dignidad. Su ocupación: atiborrar la nevera de su oficina con la comida que sustrae de la porción de los alumnos y rodearla luego por una cuerda con marcas para detectar cualquier hurto. El jefe de la compañía, un infeliz que luchó en todas las guerras sin pasar de soldado raso, hasta que accede a la escuela y las formalidades obligan a darle grados de sargento. El jefe de pelotón, otro sargento, negro hasta las encías, salido de algún cañaveral para convertirse en instructor de infantería en un mes, ventaja que obtiene por saber leer y escribir.
LOS ELEMENTOS
Los elementos numerados. Los niños que se hacen hombres para defender la Patria. El orgullo de los padres. Unos años más y serán oficiales en las distintas armas, hombres de valor y muchas medallas. Ellos sufren todo el rigor de esta pirámide. Algunos se asimilan a la maquinaria que despersonaliza. Los más, soportan esperando su momento para el desquite. Otros no pueden y optan por el suicidio, o no resiste su organismo lo que el espíritu se niega a aceptar y caen doblegados por los rigores del polígono militar o los accidentes de trabajo en el campo. Éste finge la locura y come limo de las charcas o canta a viva voz en plena madrugada. Aquél golpea a un oficial para que lo expulsen y da con sus huesos en el calabozo. Aquéllos crean la mayor cantidad de problemas para que les retiren el pase y permanecer incluso meses sin ir a la ciudad, con lo que esperan que sus padres, conmovidos, los saquen de la escuela. Es una lucha callada que se extiende por tres, cuatro años. Los más curtidos guerreros apenas alcanzan los dieciséis años.
LOS PROFESORES
En su mayoría, más que profesores, se sienten aliados de los alumnos contra el régimen de disciplina militar. LAs profesorAs son además la mayor y única tentación en el encierro. No hay alumnas y todo olor femenino posible, imagen seductora o palabra dulce, proviene únicamente de esas muchachas que deben rondar los veinte o veintidós años... la edad de oro. Y los muchachos son capaces de captar hasta la última emanación de esos ángeles en pena. Este alumno sensible no resiste y le toma la mano a la que habla con sensualidad intencionada y aborda temas inflamables, tan ajenos a su asignatura como propios de la atmósfera de ansiedad y lujuria que flota en el aula. Aquel otro no tiene el arrojo necesario y se contenta con lanzar espejitos al piso para espiar bajo la saya bondadosamente corta. Otros miran por sobre los muros de las duchas con la esperanza de descubrir un seno libre, ofrecido al aire, la luz y las miradas. Uno de los mayores, más audaz, seduce a una bióloga trigueña de ojos azules y es correspondido. Cuando la historia llega a oídos de los mismos oficiales que acosan a las muchachas con su lascivia bruta, ambos son expulsados del paraíso por inmorales. Seducción aparte, todos son buenos amigos. Con ellos se consigue el alcohol de la enfermería o se encargan cigarrillos a la ciudad. Una noche encubren a varios alumnos que escapan para asistir a un concierto de música pop. Pero los oficiales sospechan y se ordena que, en lo adelante, los profesores vistan de verde oliva y no tengan régimen de salidas libres. Se rompe así el nexo con la vida que bulle más allá de las cercas y el bosque.
EL PAISAJE
Enormes explanadas de polvo rojo, gravilla y charcas de agua. Todas las inclemencias del tiempo en un puñado. Luego los pisos de cemento, pulidos a saco y kerosén y los senderos bordeados por piedras una y otra vez cubiertas con cal blanca. Las letrinas, dos huellas en montículo y un horrible agujero al centro. Pequeños tabiques de cemento que apenas cubren los flancos, mientras al frente desfilan burlones y voyeurs. Las duchas, un enorme salón con una fila de surtidores a cada lado. Y en todas partes, humedad, infección, impudicia. Limpiar la barraca dormitorio que alberga a ciento veinte personas, es tarea diaria para cuatro elementos. Tender la cama hasta el extremo que permita rodar una moneda, so pena de castigo. Desterrar el polvo de cada rincón en aquel desierto. Mantener impecable el overall de toda la semana, el mismo y único para deportes, ejercicios militares, trabajo en el dormitorio, en las aulas, en el comedor. Los techos de zinc, parrillas calcinantes en aquella llanura implacable. El cielo azul, a veces amenazante o abiertamente furioso. Siempre un pizarrón al alcance donde dibujar secretamente los mejores sueños. Y las nubes de finísimo polvo mineral emborronando, encegueciendo, atizando.
La naturaleza y sus sonidos. El aire que no cesa los zumbidos en las copas de los pinos y casuarinas, enredándose en los techos y sobre todo, en las pesadas líneas de alta tensión que pellizcan la esquina más profunda de la escuela y causan un sordo temor a toda hora. Pánico en la madrugada. De vez en cuando, se descuelga el estampido de un trueno o un avión del aeropuerto militar aledaño pasa en vuelo rasante, como burlándose de la lentitud y el tedio de aquí abajo. O la campana con su cíclico alarido para ordenar el tiempo. El mundo sonoro de la escuela. Nada más.
ACTO PATRIOTICO
En extrañas ocasiones, la rutina se ve perturbada por una información para todo el plantel o las prácticas para alguna parada inminente. Una noche invernal, la explanada se llena con los mil quinientos elementos formados y en estricto silencio. Al aire frío y bullicioso se une la narración en los altavoces del partido final del campeonato mundial de béisbol. Juega la selección nacional contra la del enemigo. Es un acto patriótico escuchar. En el último minuto, los de acá vencen por un descomunal batazo de home run. Pero no todos se unen a la celebración. Muchos dormitan desde hace rato, de pie, sin osar pedir permiso para retirarse a los dormitorios. Ningún oficial concedería tal licencia. No hay brecha para las debilidades ideológicas.
ELEMENTO 533
Sería un magnífico alumno si se comportara normalmente. Tiene inteligencia promedio, pero sus padres se empecinan en que sea el mejor entre todos. El suple sus carencias con el más celoso ejercicio de la adulación a los jefes y el desprecio a sus semejantes. Al cabo de cuatro años figura entre los primeros expedientes. Tiene además el récord de atentados pueriles y palizas recibidas entre los mil quinientos enemigos que ha cultivado.
NOCHE DE LECTURA
Van marchando hacia las aulas, que aún reverberan por el calor de todo el día. Entran en fila y se detienen, cada uno al lado de su pupitre. A una voz de mando se sientan. Las pupilas se acomodan lentamente a la luz amarillenta de las tres bujías en todo el recinto. Pronto llegan dos muchachos con un cajón de libros que distribuyen al azar. La carretera de Volokolansk, Un hombre de verdad, o el tomo II de Los miserables. Nadie protesta ni selecciona. No se deja de leer o de fingir que se lee. El libro iniciado hoy será truncado la próxima noche por otro. La historia me absolverá, Los tres mosqueteros o La batalla de Stalingrado". No importa el título. Éste, a su vez, tendrá que ser abandonado cuando el sargento, sin previo aviso, ordene ponerse en atención y abandonar las aulas. Continuará el ritual cada noche de lectura, una o dos veces por semana. Un buen soldado tiene que ser culto.
ELEMENTO 583
Sus padres lo envían a la escuela para que despierte y se fortalezca. Han visto en su ensimismamiento un rastro de debilidad y prefieren que se haga hombre en la vida militar. Tiene trece años y habla perfectamente el inglés. Sólo le interesan los libros. Falta a formaciones para leer tendido entre la yerba. Desdeña las lecciones de ciencia, la higiene y los deportes. No es gracioso y sus amigos se limitan a dos o tres lunáticos más que comparten la presencia ausente en la escuela. Los castigos no lo conmueven. No te preocupes, aunque me fusilen no lograrán hacer de mí un militar. Dice y vuelve a zambullirse en la lectura.
EL CAMPO
La yerba guinea asfixia los campos de cítrico. La lluvia los empantana. La legión de figuritas verde oliva se hunde en la amalgama de yerba y barro. Sobre el mar vegetal, los azadones parecen manchas de peces voladores. Las cuchillas caen con fuerza y desmayo y cercenan las raíces de las plantas. Una, cien, mil veces el mismo acto bajo el sol, la lluvia, el lodo, los insectos, el hambre y la omnipresente mirada de los sargentos, listos a gritar, sancionar, ofender, golpear...
CABEZAS RAPADAS.
El forcejeo de la adolescencia con la juventud que se acerca a marcha forzada transparenta en los rasgos de los muchachos. A veces los ojos y las orejas, otras la lana que luego será barba y bigote; las manos grandes, las extremidades sin proporción. En medio de tal florecimiento, la cabeza rapada; una burla que acecha a los muchachos con exasperante puntualidad.
El pelotón llega marchando hasta la antesala del galpón habilitado como barbería. Hay tres señores traídos de la ciudad, desconocidos, para evitar cualquier chantaje afectivo. Fría e implacablemente sus máquinas acaban con los cabellos, último rasgo de rebeldía para el criterio de los oficiales. El sargento mayor, el jefe de pelotón o el teniente, según los ánimos en la "cruzada contra el diversionismo ideológico", va llamando a las víctimas por sus números. Elementos 603, 604 y 605, ¡a los sillones!. La operación es uniforme e impersonal. Son tres seres numerados que a un tiempo se sientan ante los barberos, a un tiempo son rapados y a un tiempo se incorporan con la apariencia que deben tener, la del hombre uniforme. Nada personal, nada distintivo. Sólo obedecer. Las órdenes se cumplen y no se discuten. Pero esta vez, la maquinaria salta. En el largo conteo faltan cuatro números. Alguien pide permiso para informar que están hospitalizados. El sargento duda y anota. Todos saben que es mentira, pero esta vez ni los "chivatos" llegan a la delación. La indisciplina es demasiado grave. Los cuatro se ocultan en los bosques circundantes y no regresarán hasta que haya concluido el corte del cabello de toda la compañía. Ellos y los que a escondidas les llevan los alimentos y el agua, defienden tres semanas más de presencia digna.
ELEMENTO 851
Se gasta en estos cuatro años todo el humor que genera la humanidad. Su agudeza no desaparece ni en el polígono militar, ni en el campo de cañas, ni aún en las peleas rutinarias cuando recibe más golpes de los que da. Una desgarradura en su uniforme le merece un reporte y advertencia de que debe coserlo en el acto. Allí viene el elemento 851 con un calcetín adherido por fuera a su hombro, cual charretera de ilustre mariscal. Logra quitarse de encima castigos y malas calificaciones a fuerza de humor. Años después, su risa termina en un helicóptero tocado por fuego enemigo en una guerra lejana.
1...2...3...4...y...1...
El cuero de los zapatos castiga el pavimento y los pasos retumban cual descarga de fusilería, en las paredes de las casas coloniales. Los rostros rebosantes, la mirada fija al frente, saboreando el orgullo de su marcialidad tal como les han enseñado. Dicen que ni el ejército lo hace tan bien. La piel vibra a cada paso. La gente, admirada. Las muchachas, a la caza de los más bellos. Los familiares, tratando de hallar al hijo en aquella foto multiplicada y en movimiento. Ven la punta del iceberg. Ignoran las trece formaciones diarias, las marchas de un kilómetro de cadencia marcial para llegar al comedor. Los jefes rivalizan mostrando el pedigree de sus animales amaestrados. Las órdenes vociferadas, la cadencia cada vez más sostenida y UNO...DOS...TRES....CUATRO.......Y UNO......DOS.....y el sudor corre por la espalda hasta que la gruesa tela del uniforme sucio lo absorbe, con la misma rapacidad conque caen los muchachos sobre el breve rancho, mientras mascullan su odio contra el teniente y refrescan los pies y la cabeza del fuerte calor y del agobio.
LOS DOMINGOS
Llegan los familiares, los amigos y las novias. Las grandes naves dormitorios se vacían y alrededor de los pinos de la entrada se desparrama la alegría con el desenfado de un picnic. Es el momento de las dulces mentiras y el vano orgullo. Los te quiero y los pórtate bien. cada muchacho es el más inteligente y aplicado, el más valiente, el más fuerte, el más...Detrás, el tedio, los insoportables días de marchas y órdenes, de gritos y disciplina férrea, de imposiciones y abusos. La escuela es el orgullo del país por esos días.
ELEMENTO 783
Llega a la escuela en busca de aventuras. Ansía el peligro. Quiere ser piloto de guerra y debe estar en condiciones óptimas. Sólo unos cinco entre quinientos pasan los exámenes de aptitud. Para él es una obsesión que lo mantiene cada minuto libre enterrado en el polígono de deportes desafiando toda suerte de aparatos. Se va transformando en una maquinaria de músculos temida por los menores. Un día golpea a un novato. Otro, se descontrola y le pega a un profesor. Su sueño de ser piloto se evapora con la expulsión del centro. Su fortaleza encuentra cause después al alistarse voluntariamente en la policía, donde gana reputación de violento, especialmente cuando debe salir a la calle en brigadas de civil, a cortar por la fuerza las melenas de esos vagos con desviaciones ideológicas.
FUEGO
Cinco campanadas para el "de pie", dos para la formación, tres para comenzar las clases, una para el receso y muchas, como ahora, para la alarma. Cientos de muchachos salen en carrera de las aulas y los dormitorios. El bosque arde por los calores y el viento del verano. No hay bomberos cerca. Los propios muchachos se hunden entre las llamas blandiendo ramas para apaciguar el más vivaz de los fuegos posibles. Alguien grita ¡CONTRACANDELA! y sin cesar el forcejeo, tratan de hacer un corredor de hierba quemada para quitar combustión a las llamas. Es como un juego, un requiebro de la rutina. Un poco más atrás, los sargentos dan órdenes a vivo grito. El fuego retrocede y ya casi se extingue. Vuelven a las aulas contando hazañas. Esta vez, sólo seis valientes sufrieron ligeras quemaduras. Mañana dirán sus nombres en el matutino y crecerá el círculo de sus amigos...
SIN PASE
Llega el día de pase luego de doce largas jornadas de bruta rutina. Cuarenta y ocho horas para estar en casa y saborear la vida de allá afuera, donde están los que no hacen nada por esto que tanto sacrificio nos costó a nosotros, los hombres de verdad que peleamos allá arriba, pa' que ahora vengan esos mierdas a chulear... donde están las novias, la ropa limpia, la familia y los colores diferentes, las fiestas, sí, las fiestas y la vida real. Pero... ¡elemento 622, ATENCION! Tiene treinta deméritos por ausentarse a formación, cama mal tendida, replicar y no responder al saludo de un superior, ¡SUSPENDIDO EL PASE! El sábado en la mañana todos se levantan con premura, se alistan al desayuno y toman los camiones hacia la ciudad. Antes, hay burlas a los que se quedan, enfundados en los sucios uniformes de campaña y en perfecta formación para que vean a los otros partir. Así escarmientan. Luego, a trabajar en la construcción de naves - laboratorio y más marchas hasta el comedor para alcanzar el rancho de los castigados.
Transcurre penosamente todo el sábado y el domingo hasta que, ya tarde, regresan los que salieron, cargados del aire fresco de la ciudad, ropa limpia y las caricias de la novia más linda del mundo.
MARICONES
Una algarabía interrumpe la madrugada. No hay toque de alarma. ¿Qué sucede? Detrás de los baños, una turba tiene acorralados a dos muchachos. Los empujan, blasfeman. En el medio, un mulato azorado manotea ante la cara de un rubio pálido de ojos de liebre. No hay acción sino pánico ¡MARICONES! les gritan y tratan de hacerlos pelear. Es inútil. Alguien se adelanta y de un puñetazo derriba al blanco, que trata de huir a gatas sangrando por la nariz. Ahora la emprenden con el mulato que también huye. Llueven piedras, pomos, jabones. Los de otras compañías se unen a la caza. En un punto aparecen los oficiales y ordenan cesar la algarabía, pero la turba está desatada. Alguien dice ¡que los saquen de aquí si los quieren vivos! que a los maricones hay que matarlos ¡Si vuelven los matamos! afirman otras voces en lo oscuro. Dos sargentos atrapan a los fugitivos y los mantienen en custodia toda la noche. Al amanecer viene un cabo por las pertenencias de los perseguidos. El padre del rubio, un dirigente político de cierto nivel, reclama. El mulato es hijo de un músico talentoso pero ya muy viejo y sin fuerzas. No hay solución. En la escuela orgullo del país, no puede haber maricones.
ELEMENTO 602
Es la anguila. Hiperactivo, inteligente, débil. El honor siempre al rescate por sus amigos de entre los puñetazos de todo adversario conque se cruce. Su recompensa es la alegre lisonja para los demás; la garantía de que será defendido en una nueva ocasión. El círculo vicioso se rompe en el segundo año, cuando ya casi aprende a valerse por sí solo. Los amigos no pueden salvarlo de los golpes mortales de la leucemia.
TENSIONES
A un jefe de compañía, teniente bravucón y analfabeto, le susurran obscenidades desde lo oscuro. El regordete blasfema, blande su pistola y acciona el mecanismo que la deja lista para disparar. En medio del corredor agita el arma amenazante en la mano derecha, mientras la izquierda sostiene una bota rebosante de mierda. El rostro lívido y la boca endurecida jurando matar al bromista. El sargento "Hitler", vapulea a un elemento que replica a una de sus constantes ofensas. Bajo el sol que atiza los ánimos y la mirada asustada de toda la compañía, el hombre golpea repetidamente al muchacho, como si cada golpe fuera el motivo para otro más fuerte. El debilucho cae o se deja caer en busca de perdón. El sargento se recompone y decide poner en marcha a la compañía. Vocifera las órdenes de mando pero nadie se mueve. Los ciento veinte muchachos parecen estar sordos. La ira contenida los petrifica como el magma. El hombrecillo empuja, ofende, pero la masa se torna piedra filosa, desafiante. El se hunde sin remedio en la histeria y desaparece en los dormitorios. Esa madrugada, una tormenta de puñetazos y palos devasta lo que queda del bravucón. Poco antes del amanecer, se interna en la espesura más allá de las cercas. Minutos después retumba un disparo multiplicado por el eco. Los que acuden junto a otros oficiales, hallan al sargento "Hitler" tumbado entre la yerba y sangrando. La farsa de suicidio con un disparo a sedal en el estómago, sólo logra que sea degradado y lo expulsen del cuerpo por actitud deshonrosa. Nadie cuestiona la golpeadura al estudiante.
ELEMENTO 695
Es la inteligencia protegida bajo una coraza de falsa locura y mordacidad. El terror de los oficiales que huyen despavoridos ante sus argumentos sobre las ausencias a clases de infantería porque ha venido a visitarle Garcilaso de la Vega, las tardanzas al matutino por estar a la caza de unos protones que entran en las mañanas al dormitorio o la rebaja del servicio por tener inflamación en la hipotenusa.
LECCION DE HONESTIDAD
El deterioro se multiplica por todas partes. Los uniformes raídos, los clavos de las botas aguijoneando los pies, la lencería del pequeño hospitalito remendada y pardusca, los techos perforados por las piedras y atravesados por la lluvia recurrente. Pero en el matutino de hoy se informa que habrá inspección del Estado Mayor. Vendrá un alto oficial de apellido tan exótico que el teniente jefe de compañía no puede repetir. Hay que mostrar al mando que esta es una escuela modelo. Los próximos días serán duros. Habrá que arreglar muchas cosas para que los visitantes encuentren la verdad que desean constatar. Aparecen los zapatos nuevos y los uniformes tanto tiempo retenidos en los almacenes. La alimentación mejora notablemente. Las piedras que bordean los senderos vuelven a blanquear. Se ordena a los elementos engalanar las aulas y hacer verdaderas obras naif de jardinería frente a los dormitorios. Los retazos de la enseña nacional que por mucho tiempo se debatieran agónicos en el asta, son sustituidos por una bandera nueva. La ceremonia de incineración que exigen los reglamentos no se verifica. El tiempo apenas alcanza antes que llegue la inspección. En la tribuna que preside el polígono de marchas y los actos masivos, aparece una valla con una inscripción en letras rojas: "LA ARCILLA FUNDAMENTAL DE NUESTRA OBRA ES LA JUVENTUD” Ernesto Ché Guevara. El día señalado se inicia con un nerviosismo evidente entre la oficialidad. Los alumnos en cambio, se mueven entre la obediencia a las miradas fiscalizadoras de los jefes y el desgano cuando están fuera de su alcance.
ELEMENTO 603
No se cansa de hacer historias maravillosas de la costa y su familia de carboneros. Habla de su tío, capaz de andar descalzo por el "diente de perro" llevando sobre los hombros un saco de carbón. Un día trata de imitarle y sus pies sangran. El tío lo alza con saco y todo y sigue desafiando los bordes filosos que parecen ablandarse ante su robustez. El sobrino recibe con sonrisa tímida las bromas de los otros cuando narra sus historias en esa especie de dialecto entre mágico y arcaico de la ciénaga. Y piensa que no debe molestarse con la pobre gente de la ciudad, tan carente de la sabiduría que da la tierra.
LA FORMACION DEL HOMBRE NUEVO
¡Elemento 853 pide permiso para responder la pregunta! ¡Puede! Se incorpora en posición de firmes ¡Permiso para ponerme cómodo! ¡Puede! Separa ligeramente los pies y coloca las manos a la espalda. El cuerpo no pierde rigidez. La vista se mantiene al frente, sin abarcar siquiera al profesor que ha hecho la pregunta. Así ha sido durante cuatro años. Una vez dada la respuesta ¡Elemento 853 pide permiso para sentarse! ¡Puede! El profesor evalúa el conocimiento. Desde el fondo del aula, o sigiloso, a través de una ventana, el sargento controla. A la menor transgresión de los reglamentos, aparecerá amenazante e impondrá un reporte. Así consolidará la formación consciente del hombre nuevo que le ha sido encomendada por el Mando Superior.
ELEMENTO 701
Tal vez el más noble de todos, el único capaz de asimilarse a la disciplina militar como la más simple de las rutinas; de mantener sus botas y uniforme limpios; de estudiar incluso y obtener las máximas calificaciones sin despertar envidia sino admiración; de ser amigo de todos, los oficiales incluídos y no recibir jamás un reporte. Es el hijo que todo padre quisiera tener, para enviarlo a una escuela militar y poder mostrar luego a los amigos el mejor pendón de su orgullo.
LIBERTAD A LA VISTA
Abandonan las aulas luego del último examen. Es el cierre del cuarto año en la escuela. Para muchos, comienza realmente la carrera, al ingresar en un instituto militar de altos estudios, de donde saldrán en cinco años como oficiales. Entonces tendrán poder de mando y subordinados que obedecerán sus órdenes. Para otros hoy es el comienzo del fin ¡La libertad! El fracaso del sueño paterno a pesar de las presiones y el logro de la ansiada condición de civil. Ser un muchacho normal que se viste como quiere, que ve a su novia y comparte con los amigos cada día. Que puede andar las calles de la ciudad, ver autos de diferentes colores y modelos, ropas distintas y gente de todo tipo. Terminan las marchas, las órdenes de mando taladrando el oído, el cerebro, la paciencia; las guardias nocturnas con un falso fusil de calamina para envalentonarse frente a los perros salvajes y las vacas que de vez en cuando visitan el dormitorio. Ya no más reportes, ni deméritos, ni pases suspendidos, ni la novia suplantada con dolor por la masturbación auxiliadora. El fin de los simulacros militares con balas de salva y las pesadas bases de morteros a las espaldas de sus catorce años; de los bosques incendiados que hay que apagar porque sí y sin que los demás sepan que tienes tanto miedo a las llamas como los demás; de las movilizaciones al campo y el trabajo rudo porque para eso están los hombres curtidos. Y los militares.
EL FIN
La noche anterior es la catarsis incontenible. Hay peleas por los últimos ajustes de cuentas, bromas pesadas, algarabía. A las tres de la mañana la situación es incontrolable. De un dormitorio a otro vuelan piedras y pomos con "mofuco", un preparado con toda materia orgánica posible que se ha enterrado muchos días antes para que esta noche la fetidez y los gases tengan la mayor explosividad. Hay un herido con un adoquín y en este punto los oficiales deciden intervenir. Son las tres de la madrugada, llueve y el frío castiga a los miembros de la compañía llamados a formación por el jefe de batallón en persona, que los sermonea con dureza, haciendo gala de toda su experiencia pedagógica. Usa palabras como velguenza, hemosexuales y maricones, en un discurso interminable. Pero todos saben que es el último, ya no del día, sino de toda la vida. Rendidos por el frío y el sueño, los sinvelguenza duermen lo que resta hasta el amanecer. Hay ceremonia de fin de curso a las diez, pero muchos no esperan. Son libres y nada les hace sentir que deban soportar ese último acto. Salen a pie y en grupos, dejando tras ellos sus objetos personales, la ceremonia, la escuela y cuatro años de sus vidas. Van con el pecho y los ojos abiertos, dispuestos a tragarse la ciudad. A recuperar el tiempo que han pasado en esta especie de laboratorio. Los conejillos evadidos esta vez son unos setenta entre quinientos que se gradúan. Una minoría, por tanto, sin importancia...
ELEMENTO 610
Es la mascota. Una especie de lombriz simpática y cariñosa que no logra entender jamás que está en un centro de instrucción militar. No consigue asumir la posición de atención. Su cuerpo cimbra, se balancea, sus dedos se agitan nerviosos, la cabeza oscila buscando descanso sobre los hombros. Es un alambrito verde oliva que ignora todo orden físico y mental. Como un perro callejero que llegara extraviado al campamento. Hoy termina el último curso y se cuadra en perfecta posición de atención, le hace una mueca de burla al teniente y camina hacia el portón de entrada a la escuela. Va entre los primeros que desertan en masa luego de cuatro años de ser moldeado en la "disciplina militar".
FIN DEL FIN
Más que las vacaciones de reencuentro con la ciudad y su gente, han estado anhelando este día de septiembre en que comienza el curso escolar. Para estos novatos bachilleres es la primera vez que comparten un aula con alumnas y sin reglamentos militares. Les espera una experiencia alucinante. Están tan nerviosos como el día del primer amor. Tienen un hambre atroz de amistades. Se advierte desde que suben las escalinatas del Instituto. Apenas comienza la primera hora de clases y tocan a la puerta. La profesora responde y entran dos oficiales portando una carpeta roja. Hay estupor entre los alumnos. Los conejillos tiemblan. El oficial lee uno a uno sus nombres. Deben presentarse al día siguiente con sus pertenencias, listos para el reclutamiento. Por una orden especial del Mando Superior, van a una unidad de castigo a trabajar en el corte de caña por tiempo indefinido. Seis meses después son trasladados a la retaguardia del ejército para que completen los tres años de servicio militar obligatorio. El sueño de libertad termina apenas cuando parecía comenzar.
ELEMENTO 622
Cada tarde se oculta entre las yerbas altas y lee página por página la sección de artes y letras del Pequeño Larousse Ilustrado. Su tesoro y escape. Escribe e ilustra ingenuas novelas sobre melenudos que viven de espaldas al mundo. Peace and Love. Los amigos requieren su ayuda para escribir tarjetas de amor y tallar en jabones, libros abiertos con dedicatorias por el Día de las Madres. Luego del FIN de la escuela, es un remedo de hippie tropical, que brigadas de civil trasquilan con violencia en plena calle. Por esos días estudia artes plásticas y teatro. Veinte años después, de vuelta al ajetreo diario de la creación, entre cuentos y poemas, lo asalta esta historia de recuerdos. Entonces escribe.
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